Escucha la canción del bardo

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viernes, 31 de octubre de 2008

La vela mágica


Oscuridad. Silencio.
De repente, un sonido lejano, perdido en la distancia, que se transforma en un golpe metálico sordo y en un chirrido de bisagras antiguas, muy antiguas. Del vacío negro surge un rectángulo de claridad, azulada, neblinosa. Una figura oscura se recorta y se adentra en la oscuridad, portando un pequeño destello ondulante al final de una delgada varilla, como si de un mago y su varita se tratara.
La oscuridad lo envuelve y la pequeña luz ondulante dibuja unos rasgos: una delgada nariz, unos pequeños anteojos que destellan debilmente.
Por fin, encuentra su destino. El cáñamo de la vela prende y la pequeña luz se convierte en una estrella; el mismo contraste con la oscuridad reinante potencia su alcance. Al amparo de la claridad amarillenta, aparecen estantes tras estantes llenos de libros, unos sobre otros, amontonados con un cuidado desorden. El polvo y las telarañas fruto de años e incluso siglos de olvido, los cubren con indolencia. La luz de la vela ilumina lomos de cuero viejo, agrietado en los bordes, decorados con letras doradas, tapas repujadas por las manos de un hábil artesano muerto quién sabe hace cuánto tiempo. Las hojas, de papel viejo o de pergamino amarillento, revelan conocimientos, muchos olvidados ya, reunidos en apretadas líneas, junto con bellísimas miniaturas e ilustraciones de colores vivos, brillantes, algunas ocupando páginas enteras: animales reales y fantásticos; caballeros y castillos; campesinos y clérigos; máquinas sorprendentes...
Uno de estos tomos ha pasado a las manos del hombre, que se dirige hacia el umbral portando consigo la luz, haciendo que las sombras se desplacen en una danza que va dejando paso de nuevo a la oscuridad.
Hasta que la puerta se cierrra y los interminables estantes y sus inquilinos reposan en silencio, quizás durante años, hasta que vuelvan a la vida gracias a la luz de la vela mágica.

domingo, 8 de junio de 2008

El Samurai Ciego

La suave brisa de primavera acaricia su rostro con el aroma del cerezo en flor y acerca hasta sus oídos el murmullo del arroyo cercano, el trinar de los pequeños pájaros del bosque, el continuo golpeteo del incansable pico del pájaro carpintero contra la madera. Más cerca, los gritos de alegría de los niños de la aldea le recuerdan el inexorable paso del tiempo y de la vida, esa vida que él, lo sabe, está a punto de abandonar, quedamente, como una rojiza hoja se desprende de la rama en otoño.
Sonríe. El calor del sol es agradable, la tibieza calienta su anciano corazón y sus delgados miembros a través del kimono, antaño tan fuertes y ágiles.
Mueve su mano derecha con la certeza de encontrar lo que busca: aunque no la ve, es capaz de sentirla, como si de una extensión de su propio cuerpo se tratara, como si el filo estuviera habitado por un espíritu guerrero que le susurrara a sus oídos. Al rodear la dura funda de su espada con sus nudosos dedos, le llegan a la mente innumerables recuerdos: escenas de duelos y batallas, cruce de espadas en un claro de bosque cubierto de nieve, hermosas damas y amores imposibles. Días de gloria pero también de desesperación y derrota, de interminables huidas a caballo con la certeza de la muerte en los furiosos ojos de sus perseguidores, de travesías solitarias a través de parajes desolados, sin agua, sin sustento, sólo con la compañía de su fiel espada al cinto.


Qué absurdas parecen ahora esas preocupaciones, cuando el paso del tiempo ha borrado de la memoria los nombres de los grandes señores y se ha llevado, como el viento se lleva la arena, la belleza que perdió a tantos hombres.
El día pasa, el ocaso llega y permanece sentado, las rodillas flexionadas al pie de la pétrea escalinata del templo de la colina. Sus ojos vacíos miran hacia el infinito fijos en fantasmas del pasado. Con movimientos lentos, pausados, estudiados, enfunda su espada al cinto y alarga su delgada mano hacia el cayado que reposa a su lado. Apoyándose en él, se levanta con esfuerzo y, valiéndose de la vara como guía de sus lentos y pequeños pasos, reemprende su camino, nadie sabe a dónde, ni siquiera él. Pronto, el anciano samurai ciego sólo es una figura que se confunde en las sombras del bosque nocturno.

sábado, 17 de mayo de 2008

Inauguración del blog

Mientras la ciudad duerme, las oscuras y frías calles dan cobijo a las criaturas de la noche. Los gatos maullan en los tejados y el viento ulula tenebroso a través de las estrechas y arqueadas calles. Figuras encapuchadas aparecen de entre las sombras por los más recónditos rincones y, como si estuvieran guiadas por un misterioso encantamiento, todas se dirigen lentamente hacia el mismo lugar. Una luz en medio de la oscuridad, una canción que rompe el silencio de la noche; risas y aventuras al calor de la lumbre y la cerveza, conspiraciones y secretos entre las sombras... La taberna está abierta y eres libre de entrar.